Nada es más básico dentro de una cultura que su dieta, es decir: la alimentación. En el estado de Oaxaca, el 57% de los niños en áreas rurales han tenido un crecimiento limitado, lo cual indica la presencia prolongada de desnutrición crónica. El estado tiene el cuarto lugar de desnutrición en México. A estos niños se les ha negado el elemento más esencial de su cultura.
Puente a la Salud Comunitaria A.C., organización sin fines de lucro y socio de la Fundación Comunitaria Oaxaca, está trabajando para disminuir la desnutrición en Oaxaca rural. La organización enfoca sus esfuerzos en arraigar el consumo y la producción del amaranto a la dieta y los cultivos de las comunidades rurales; estrategia que de acuerdo a la directora del programa, Gabriela Blanco, combina “una necesidad moderna con un grano antiguo”.

Una señora y su hijo comprando amaranto para el abasto diario.
El amaranto ha sido cultivado en Mesoamérica por aproximadamente 7, 000 años. En el imperio Azteca, el amaranto, que entonces era llamado Huautli, fue un grano abundante y fue usado no sólo por su excepcional beneficio nutricional, sino también en ceremonias religiosas. En una de las más importantes, el amaranto era mezclado con miel (y algunas veces con sangre humana), moldeando figuras de dioses Aztecas (comúnmente Huitzilopochtli) para después ser cortado y distribuido entre la población. Dada la similitud que esta ceremonia comparte con la Comunión Católica, el amaranto fue prohibido por los españoles, quienes declararon su cultivo prohibido. A partir de entonces su uso fue castigado con la muerte. Aunque el grano logró sobrevivir en ciertos pueblos a lo largo de México, el amaranto fue mayoritariamente eliminado de la dieta indígena.
En los años setenta, el amaranto, dado su alto contenido nutricional, fue redescubierto en México como una solución viable a la desnutrición pandémica. Sus semillas tienen entre 13 y 15% de proteínas, colocándose entre los porcentajes más altos en comparación a otros granos. Tiene también alto contenido en fibra, calcio, hierro, potasio, fósforo, zinc y vitaminas A y C. La hoja es comestible, y contiene más calcio, fósforo y vitamina C que la espinaca. Los estudios han demostrado que la integración de tan solo una porción pequeña (20 gramos) de amaranto en la dieta diaria, ayuda a los niños a recuperarse de un estado de desnutrición.
Dado el beneficio extraordinario del amaranto, Puente a la Salud Comunitaria A.C. está trabajando directamente con comunidades para incorporar el grano de regreso a sus vidas diarias, esto es, en su cultura. Su estrategia apunta a un proceso participativo con las comunidades para que identifiquen ellos mismos los beneficios nutricionales, agrícolas y económicos del amaranto. Este proceso facilita que la comunidad pueda definir la creación de una demanda y suministro local del amaranto.
Por el lado de la demanda, además de incrementar la conciencia general en comunidades rurales, Puente a la Salud Comunitaria A.C. también trabaja en cada pueblo con grupos conformados por diez madres cuyos niños están desnutridos. Las madres establecen su propio criterio para determinar lo que significa para sus niños estar bien alimentados. Junto con Puente, han ideado un plan alimenticio diario que incorpora el amaranto. Actuando como tercera parte, trabajadores de Salud de clínicas locales, pesan regularmente a los niños para determinar el éxito del plan nutricional.

Un niño nos muestra la planta del Amaranto.
Por el lado del suministro, Puente alienta a los campesinos de las comunidades participantes a cultivar el amaranto. Dado que el amaranto es originario de México, está adaptado a las condiciones regionales, por lo que es posible cultivarlo en lugares con poca agua. Así, el amaranto ofrece más incentivos para su cultivo; inclusive en lo económico ya que tiene un mayor valor en el mercado actual que el maíz.
Por los últimos cinco años, Puente a la Salud Comunitaria A.C. se ha comprometido a trabajar con las comunidades para que puedan conocer y decidir sobre los beneficios que el amaranto podría tener un sus vidas. La organización reconoce que la propagación del cambio no ocurrirá de la noche a la mañana, y más aún, que el amaranto no puede simplemente imponerse en las comunidades rurales. El amaranto, primero debe ser comprendido y finalmente, en los términos de la comunidad, aceptado. Sólo entonces se convertirá de nuevo en parte de la cultura rural.
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